I
Judit Clots se frotó los ojos por enésima vez. Llevaba veinticuatro horas de guardia y aún le quedaban doce más para poder marcharse a casa a descansar. Esa vez lo necesitaba no sólo física sino anímicamente. La noche pasada había sido un espanto, se le había muerto un bebé de siete meses en los brazos y había tenido que atender dos casos de suicidio. Siempre ocurría igual en Navidad.
Todavía recordaba perfectamente a la chica china que llegó el año pasado en estas mismas fechas, con un paro cardíaco como consecuencia de una sobredosis de barbitúricos. Su padre no dejaba de llorar, y los dos gigantescos guardaespaldas que lo acompañaban tampoco. Aquella chica tuvo suerte, consiguieron reanimarla con mucho esfuerzo y se recuperó. Esta noche, no habían logrado recuperar a ninguno de los suicidas.
El timbre del móvil la sacó de su ensueño.
-Dígame-, contestó con voz cansada.
-Jud, cariño ¿puedes hablar?- decía la voz de su marido -Tengo que darte una sorpresa.
-Sí, dime. Que sea buena, por favor. No te puedes imaginar qué noche he tenido.
-¡Nos vamos de viaje!- gritó Roger, y añadió -¿dónde tienes el pasaporte?
Judit se llevó la mano al cuello, le faltaba el aire, -¿a dónde?
-Ni hablar, es una sorpresa, ya te lo he dicho, pero necesito tu pasaporte. No lo encuentro y ya tengo hecha las maletas.
-Eres un sol, Roger, en el segundo cajón de la mesa de mi despacho- y zalamera añadió -pero dame una pistita, por favor.
Roger soltó una carcajada antes de añadir -Vale, nos vamos con unos amigos a pasar la Nochevieja en el extranjero y hasta aquí puedo leer.
Justo cuando estaba pulsando el teléfono rojo del móvil se acordó de la cámara digital. Era una lástima que su hijo se hubiera empeñado en llevársela a casa de la abuela. Tendría que llamarlos para despedirse, pero era demasiado temprano. Estarían dormidos.
IIEl aeropuerto del Prat estaba totalmente abarrotado. Todos los mostradores de facturación estaban abiertos y las colas eran kilométricas. Judit estaba tan cansada que casi se echa a llorar al imaginar el rato que tendrían que esperar hasta poder sentarse en el avión. Había desistido de sacarle información a Roger. Éste llevaba sin decir ni media palabra desde que la había recogido en la puerta del hospital de Castellón tres horas antes. Ni siquiera había saludado a los auxiliares del vuelo entre Valencia y Barcelona.
Se había estado haciendo el dormido para eludir sus preguntas y ella había desistido de seguir interrogándolo. Pero se había pasado la media hora larga que duraba el vuelo mirándolo con cara de embeleso. ¡Estaba tan enamorada y lo admiraba tanto! El último año había sido horrible para él. Primero el despido de Iberia por sus problemas de visión, después el fracaso empresarial que los había dejado endeudados hasta el punto de tener que hipotecar el ático y por último la frustración de haber tenido que aceptar ese deplorable empleo de chófer de ricachones.
Aunque ahora se reían por lo que ellos llamaban compartir clientela. La mayoría de las personalidades que Judit trataba en el hospital pasaban por el asiento de atrás de la limusina que Roger conducía. Desde los más cutres políticos locales hasta los cantantes de moda pasando por los multimillonarios orientales como el padre de la chinita del intento de suicidio.
Se sobresaltó al oír la voz de su marido, -tenemos que dirigirnos a la terminal corporativa.
-¿A dónde?- contestó casi gritando -¿qué es eso?
Roger soltó una carcajada, -vamos a la sala de embarque vip para los vuelos privados.
-Dios mío Roger, ¿nos ha tocado el Gordo y no me lo habías dicho?
-Ja, ja, ja, ja no cariño. Nos han invitado.
-¿Quién nos ha invitado?- gritó Judit.
Negando con la cabeza Roger añadió -Ni hablar, ya lo verás. Bueno, una pistita, lo que querías. Es uno de nuestros clientes comunes, en agradecimiento por tus servicios.
Judit, mordiéndose las uñas preguntó -En agradecimiento ¿de qué?
-Ya lo entenderás cariño. Sólo un poco más de paciencia.
III
Judit llevaba unos diez minutos con la boca abierta. Se dio cuenta cuando le empezaron a doler las mejillas de la tensión. No podía recuperarse de la impresión. Roger sonreía con los ojos muy abiertos, tampoco se lo creía.
Estaban en la sala principal de un enorme avión privado. Un oriental los había conducido hasta allí desde la sala vip donde no llegaron ni a sentarse. Los esperaba con un cartel donde ponía con letras mayúsculas “JUDIT CLOTS” y se presentó a si mismo diciendo - I’m Fa Wong- y añadió inclinando la cabeza –at your disposal. (
Soy Fa Wong, a su disposición)
El avión era el sitio más lujoso que había visto en su vida. La sala en la que se encontraban tenía cuatro asientos individuales con pinta de ser más confortables que la cuna de un bebé y un sofá redondo que le hizo pensar inmediatamente en sexo. Todo tapizado en la más suave y preciosa piel crema.
Su acompañante les preguntó – Would you like something to eat or drink, madam?
(¿Desea comer o beber algo, señora?)Judit estaba tan cansada y asombrada que no atinó a responder, sólo cabeceó negando con la cabeza.
Roger contestó por ella -The lady is very tired, she only wants to sleep a while. (
La señora está muy cansada, solo quiere dormir un rato.)
A lo que Fa respondió con un gesto señalando la puerta del fondo. Judit se dirigió hacia allí y abriéndola soltó una exclamación – Coño ¡qué cama! E instintivamente se llevó la mano al bolso buscando el móvil mientras pensaba: “
Cuando se lo cuente a las chicas van a alucinar”.
Fa se dirigió a uno de los cajones, lo abrió y sacó una carpeta forrada de terciopelo color crema. Se la tendió con una sonrisa -Mr Fu wishes you a happy journey and asks you to choose eight of these dresses. (
El señor Fu les desea un feliz viaje y le pide que elija ocho de estos vestidos). El misterio se había resuelto. Judit recordó instantáneamente la cara de angustia del señor Fu durante la reanimación de su hija y cómo le había agarrado las dos manos agradeciendo su trabajo.
-De modo que así es cómo recompensan los multimillonarios- dijo Roger y añadió –y no te creías que era dueño de varias refinerías, a pesar de que los oí hablar de ello claramente aquella vez que lo llevé en la limusina.
-No seas injusto Roger, sí te creí, pero no me negarás que no es muy corriente relacionarse con personajes de este tipo. Debe tener más dinero que algún país del tercer mundo.
Excuse me, madam (
Disculpe, señora) -Fa los distrajo de su conversación con un gesto señalándole el portafolios.
Judit volvió a abrir la boca otra vez. La carpeta estaba llena de fotos de trajes de noche. Se sentó sobre la colcha de piel de la inmensa cama y las esparció a su alrededor para verlas mejor. No podía decidirse, eran todos preciosos. Pensó que para eso estaban las amigas, para ayudarla a decidir qué ponerse en las ocasiones especiales como habían hecho siempre, y entonces fue consciente de que tenía el móvil en la mano, así que lo dirigió hacia las fotos mientras pulsaba el botón para activar la cámara.
De repente sintió una mano sobre su hombro, Fa la miraba con cara de angustia y le gritaba directamente al oído – No photos , please.
Guardó el móvil otra vez en el bolso –OK, don’t worry!
Las carcajadas de Roger todavía se oían a ratos cuando se quedó dormida.
IVLlegar a su destino fresca como una rosa tras 12 horas de vuelo durmiendo como una bendita, no la había preparado para la impresión de aterrizar al otro lado del mundo.
Estaban en Shanghai.
Le apretó la mano a Roger mientras atravesaban la verja de la mansión a la que los había conducido Fa. Su marido, nervioso y por primera vez en el asiento de atrás de una limusina, no paraba de soltar exclamaciones de sorpresa ante todo lo que veían a través de las ventanillas con cristales ahumados.
Tras varios minutos atravesando el jardín, la limusina se detuvo delante de la puerta principal de la casa donde una decena de sirvientes uniformados los esperaban en formación. Una doncella le arrebató el bolso y con gestos y reverencias les indicó el camino a su habitación.
-No creo que vuelva a sorprenderme nunca más en mi vida- dijo Roger con la boca seca.
-¿Te has fijado en la extensión del jardín? Parece más grande que uno de los cortijos de Ruiz-Mateos.
-¿Y la casa? ¿Cuántas habitaciones crees que tendrá?
-Más de cien seguro, y baños también más que la de la Preysler.
-Seguro que hasta la Preysler se caía muerta si abriera este armario, ¡Roger! ¡Mira esto!
El armario de laca mostraba un despliegue de sedas, tules y organzas digno de una princesa de cuento de hadas. Judit contó más de quince vestidos, incluyendo los que había visto en las fotos del avión. Unos golpes suaves en la puerta todavía abierta la sacaron de su asombro.
-Madam, soy Liu, su doncella personal. El señor Fu me eligió personalmente porque hablo español y debo ayudarla con su toilette. También ruega al señor que acuda al vestidor de invitados para prepararse para la cena.
Roger salió de la habitación con una expresión en su cara mezcla de risa y miedo.
La chica era una extraña mezcla de oriental y occidental. Alguno de sus progenitores era español sin duda. Permaneció de pie, al lado del tocador mientras Judit tomaba una ducha y se encargó de peinarla y maquillarla para después aconsejarla sabiamente sobre qué vestido ponerse. Definitivamente el negro.
Cuando se disponía a abandonar la habitación, Roger entró precipitadamente –Mírame, parezco Ramón García cuando da las campanadas. Llevaba un elegante smoking de Dolce y Gabbana, estaba perfectamente afeitado, le habían cortado el pelo y olía como cuando eran novios.
-Y no te pierdas lo que me ha dejado Fu para que te lo pongas. ¡Oh! ¡Estás preciosa!
-Lo sé, Liu me ha dejado guapísima. ¿Qué te ha dejado Fu? Bueno, da igual, prefiero saber qué te ha dicho.
-Es un collar, muy valioso, de brillantes y zafiros. Póntelo. Y no me ha dicho nada, sólo “
Para la señora. Esta noche”, se ha dado la vuelta y se ha marchado. Además, a mí me hubiera dado vergüenza preguntarle nada. Me he quedado bloqueado.
-Te entiendo, estoy aterrorizada con la cena de esta noche. ¿Aquí hay uvas? Roger, ¿te das cuenta de que va a ser la primera vez que pasamos la Nochevieja fuera de España? –Y retorciéndose las manos añadió -Me estoy poniendo cada vez más nerviosa. Abróchamelo ya de una vez.
-Ya está, te sienta fenomenal. Has nacido para ricachona querida. Y soltó una carcajada nerviosa.
Liu los esperaba junto a la puerta con una sonrisa –Permítanme acompañarlos al Gran Comedor, señores- Y empezó a andar por el pasillo.
Antes de llegar a la entrada de la gran sala, el mismo señor Fu en persona se les acercó y tomándole la mano a Judit hizo una ligera reverencia –Es un placer recibirla en mi humilde morada, doctora. Bienvenida.
-Bienhallada, señor Fu- y añadió -el placer es mío, muchas gracias por su amabilidad.
-Pasen y les presentaré al resto de mis invitados.
Dentro se oía el murmullo de varias conversaciones, había unas treinta personas tomando copas antes de sentarse a cenar. Judit sintió que se le encogía el estómago.
VEstaba completamente agotada.
Judit sólo atinó a desabrocharse el vestido y dejar que resbalara sobre su cuerpo para quedar hecho un guiñapo en el suelo. Era el tercer vestido de gala que se ponía en tres días, así que casi se había acostumbrado a llevarlos y ya no le importaba maltratarlos. Su cuerpo sí que estaba maltratado de tanta fiesta. La Nochevieja y los dos primeros días del 2009 habían pasado sobre ella como una apisonadora. Pero había merecido la pena.
Después de la deliciosa cena de Nochevieja que Fu les ofreció, los llevaron a todos en grandes limusinas al Gran Teatro de Shanghai donde disfrutaron del concierto ofrecido por la mundialmente reconocida Orquesta Sinfónica de Shanghai.
Escucharon un delicioso repertorio de doce piezas, de Hwang Anny, de Grieg, de Brahms, de Tchaikovsky, así como varias de Strauss. Ni Judit ni Roger habían sido aficionados a la música clásica hasta ese momento. Allí mismo decidieron que tenían que invertir su tiempo en cultivarse musicalmente y seguir disfrutando de ello.
El primer día del año lo habían dedicado a hacer la visita turística de la ciudad. Shanghai les pareció un lugar encantador que mostraba con crudeza la mezcla de civilizaciones que se lo habían disputado. Lo oriental y lo occidental favorecían el cosmopolitismo y la riqueza cultural de la ciudad. El dinero se olía, no solo alrededor del señor Fu, sino en toda la ciudad. Estaban en la ciudad más populosa e indudablemente más rica de China.
Judit se llevó el móvil con la esperanza de llamar a su madre al salir de la mansión. No sabía nada de sus hijos y no les había podido felicitar el Año Nuevo. Había intentado llamarlos pero en la gran casa o no había cobertura o tenían instalado algún sistema que impedía usar los teléfonos móviles. Le preguntó a Liu dónde estaba el teléfono pero la doncella le había dicho que no disponían ni de teléfono ni de conexión a internet. Así que en cuanto el autocar en el que los llevaban se detuvo, sacó el móvil y empezó a buscar una red compatible.
-Stop, madam- le gritó un chino gigantesco que había aparecido de la nada mientras la sujetaba del brazo.
Roger se levantó abalanzándose contra el gigante, o más bien lo intentó antes de que otro coloso lo agarrara a él también.
-I’m so sorry, madam (
lo lamento mucho, señora)- susurró el bueno de Fa apareciendo por detrás de los sicarios- Phones and cameras are forbidden (
Los teléfonos y las cámaras están prohibidas).
Judit se quedó helada y sin posibilidades de entablar una discusión puesto que los sicarios le devolvieron el móvil sin batería y la megafonía empezó a funcionar. Un mismo mensaje se repetía en varios idiomas. Cuando empezó en español, ella y Roger se cogieron de la mano: “
Como todos ustedes saben, el señor Fu y los miembros de su familia han recibido serias amenazas de muerte. Por su seguridad les hemos impedido comunicarse con nadie y tomar fotos. Les rogamos que no intenten hacerlo a nuestras espaldas y les deseamos que disfruten de esta visita y del resto de actividades programadas en su honor.”
El ambiente en el autocar era gélido. Los viajeros no se atrevían a mirarse entre ellos. Judit y Roger siguieron cogidos de la mano, sin hablar, un buen rato. El resto de invitados los miraba con mala cara. Poco a poco empezaron los susurros que dieron paso a frases entrecortadas.
-No hay derecho, dijo Roger sin poder quitarse de la cabeza la imagen del hercúleo guardaespaldas sujetando a su mujer.
-Me siento como si estuviéramos secuestrados, añadió ella –y entiendo que tema por su seguridad, pero no qué importancia tiene si llamo a los niños. Además, podrían habernos avisado antes de venir.
-Esto, dijo Roger cabizbajo- lo siento Jud, sí nos habían avisado. De hecho firmé un documento comprometiéndome a que ni tú ni yo haríamos fotos ni intentaríamos comunicarnos con nadie. Pero no le di importancia en ese momento. Se me había olvidado con la emoción del viaje.
-No puedo creerlo, Roger, contestó ella casi gritando,- Ni siquiera hemos podido felicitar a los niños, ese energúmeno casi me rompe el brazo y tú no me avisas de nada.
-Lo lamento muchísimo, cariño, dijo Roger mientras le pasaba el brazo por la espalda. No te preocupes por los niños, estarán perfectamente con tu madre. Ella sabe que no vamos a llamar. Tranquilízate y disfruta del viaje, por favor.
Judit asintió y con un suspiró añadió –Tienes razón, esta ciudad es impresionante.
VI
La visita a la ciudad le había dejado un sabor agridulce. Por un lado se había sentido incómoda por la presencia continua de los guardaespaldas; pero por otra parte, Shanghai le había resultado tan interesante y atractiva que cuando llegó la hora de volverse a vestir de gala para la cena su buen ánimo había vuelto para quedarse.
Habían visitado la famosa calle Bund, con sus grandes contrastes arquitectónicos; habían subido a la Oriental Pearl Tower donde disfrutaron de un delicioso almuerzo en el restaurante giratorio situado a 267 metros de altura; y habían terminado la visita con un agradable paseo por los jardines Yuyuan donde asistieron a la representación de un preciosa y emotiva ópera china.
Sólo les faltaba un pequeño detalle para completar el viaje. Las compras.
El segundo día del 2009 había sido el más divertido. Judit había decidido dejarse llevar por las últimas horas de exotismo y lujo y olvidar la sensación de sentirse prisionera. En el centro comercial de Shanghai aquello le resultó muy fácil. A pesar de los guardaespaldas, no perdieron oportunidad de visitar todos los comercios de las calles Nanjing y Zhapu Lu.
Adquirieron un par de Budas de jade para las abuelas, unas cometas para los niños y Roger se empeñó en comprarse una camiseta de los recientes Juegos Olímpicos a precio de saldo. En el Mercado de Xiangyang, Judit no puedo resistirse a un supuesto bolso de Prada y a unas gafas de Chanel a un precio igualmente sospechoso. Intentó comprar un móvil 3G pero uno de los gigantes apareció de repente, le dedicó una sonrisa deslumbrante a ella y un bramido aterrador al vendedor que guardó el teléfono debajo del mostrador y se cruzó de brazos. Judit pensó que no merecía la pena disgustarse en los últimos momentos de su viaje sorpresa.
Cuando regresaron a la mansión, Liu estaba terminando de prepararles el equipaje y dispuesta para peinarla y maquillarla para la última cena.
A la mañana siguiente, sólo la doncella estaba allí para acompañarlos a la limusina que los llevó al aeropuerto.
Ni Fu ni Fa salieron a despedirlos.
Una vez en el avión, mientras despegaban y veía la ciudad a sus pies pensó: “
Cuando se lo cuente a las chicas no se lo van a creer.”